Interior desafía a la Justicia y toma represalias

Sánchez busca blindarse a través del castigo y el escarmiento públicos, como aviso para todos aquellos que se atrevan a cuestionar la versión oficial de los hechos

El Gobierno pretende levantar un dique de contención político y judicial ante la avalancha de denuncias que se avecinan. En democracia es obligada la depuración de responsabilidades por la negligente gestión de la crisis sanitaria, que ha colocado a nuestro país a la cabeza de muertos por habitante en todo el mundo, por más que pretendan ahora maquillar las estadísticas. Sánchez busca blindarse a través del castigo y el escarmiento públicos, como aviso para todos aquellos que se atrevan a cuestionar la versión oficial de los hechos: un relato parcial y manipulado que pretende justificar la acción del Gobierno y ocultar que priorizó en sus decisiones los intereses políticos a los de salud pública, ignorando de manera premeditada las advertencias de la OMS sobre el riesgo letal que suponía la Covid-19.

El primer damnificado ha sido el coronel Diego Pérez de los Cobos, destituido este lunes de manera fulminante de su puesto de máximo responsable de la Comandancia de Madrid de la Guardia Civil. El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, justificó el inesperado cese aduciendo «pérdida de confianza», pero a nadie se le escapa el trasfondo político del relevo. Resulta triste asistir a la renuncia de Grande-Marlaska a todos los principios éticos que guiaron su trayectoria como magistrado de la Audiencia Nacional. Si durante su ejemplar instrucción del caso Faisán se enfrentó a quienes pretendían politizar una causa judicial para exculpar a los responsables de Interior de haber ayudado a escapar a colaboradores de ETA, con la destitución de Pérez de los Cobos para intentar salvar a Fernando Simón y al delegado del Gobierno en Madrid, José Manuel Franco, acusado de prevaricación, ha cruzado una línea roja: interferir en una investigación judicial en marcha que exigía de Pérez de los Cobos lealtad únicamente al juez, nunca al ministro.

Para entender la cacicada de esta destitución hay que detenerse en el Juzgado de Instrucción número 51 de Madrid. Su titular, Carmen Rodríguez-Medel, ha citado en calidad de investigado a Franco por autorizar, incurriendo en posible prevaricación, reuniones multitudinarias -entre ellas la manifestación del 8-M- cuando la OMS había recomendado ya su prohibición para prevenir el contagio masivo por coronavirus. Para su investigación, la magistrada encargó a los agentes de la Policía Judicial de la Guardia Civil a las órdenes de Pérez de los Cobos las diligencias necesarias para determinar si cuando el Gobierno autorizó esos actos tenía ya conocimiento, a través de las alertas sanitarias, del riesgo que suponían para la salud pública. Entre la documentación enviada al juzgado, hay datos que cuestionarían el papel del portavoz sanitario del Gobierno en la crisis, Fernando Simón; entre ellos, un documento firmado por él mismo días antes del 8-M, en el que desaconseja un evento de una iglesia evangelista por riesgo de propagación del virus, tras una reunión mantenida junto al ministro Salvador Illa y los representantes de dicha congregación. Y otro informe posterior, también firmado por él, en el que no pondría pegas para la manifestación feminista. Es más, en sus comparecencias públicas, Simón alentó a la gente -incluido su propio hijo- a que acudiera masivamente al acto, de cuya celebración el Gobierno había hecho previamente una causa programática, además de una bandera en disputa entre Carmen Calvo e Irene Montero.

Con la destitución de Pérez de los Cobos, que atesora una ejemplar hoja de servicios -incluida su participación en la lucha contra ETA y contra el golpe separatista del 1-O-, Marlaska termina de enterrar su antiguo crédito supeditándolo a la protección de Sánchez, y envía una turbia advertencia sobre el destino que espera a quienes colaboren con la Justicia en el esclarecimiento de la nefasta actuación gubernamental. Un hito más en la degeneración institucional del sanchismo.

https://www.elmundo.es/opinion/2020/05/25/5ecc05cdfdddffb0778b458e.html

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